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    Informe de Prensa
    23 de Junio de 2013  

    ¿Cómo tratar ciertos temas de la historia de Argentina si cada vez que se toca el caso de, por ejemplo, el peronismo, se genera una torrente de seguidores y detractores? Hay figuras que, con el solo hecho ser nombradas, ponen en marcha un fanatismo desmesurado, y un ejemplo claro es Perón que despierta, a partes iguales, amores y pasiones.

    Él se asumió como figura representante del pueblo y sus verdaderos intereses nacionales e internacionales,

    ayudado por lo que muchos llaman pragmatismo. Parecía absurdo que no cambiaba en materia política: “rompo pero no cedo” decía en repetidas veces con una maniobra que conocía bien, ya que la había visto y estudiado cuando en sus años de juventud estuvo en Italia y palpó la desmesura del poder de Mussolini. Pero él quería ser mejor que Mussolini, quería trascender a la Historia sin pasarle lo que le sucedió a él, y quizás ese sea el sueño de los líderes carismáticos que son venerados continuamente con una pasión casi religiosa. De una manera u otra Perón no quedaría como un paréntesis en la historia mundial.

     

    La política exterior debe servir para incrementar el poder y la autonomía del Estado que se gobierna, pero esta política no debe recurrir nunca a la sobreactuación sin el respaldo de otros Estados, intereses u intelectuales de renombre, además de contar con bases argumentativas sólidas como no le sucedió a la ideología de la tercera posición. Esta se definió como una retórica de acción multilateral en política exterior, que quería lograr ser una alternativa al unilateralismo norteamericano en materia de política internacional, y en segundo plano a la URSS, pero esto generó recelos dentro y fuera de Argentina.

    Me pregunto si con el esbozo de esta teoría se quería retornar al pasado presuntamente glorioso que tenía Argentina o si se quería reconstruir una identidad rememorando el apogeo del milagro agroexportador. Pero todo esto es hoy un tema todavía no resuelto en materia de política exterior.

    Perón engalanó tanto su política exterior como interior con términos como virtud cívica, comunitarismo, soberanía política, justicia social, justicialismo, humanizar el capital, e independencia económica. Hicieron que estos conceptos se propagaran como base de la ideología de la Tercera Posición y representaran una receta para un curioso léxico político más apetitoso por su novedad que por su significado, era la idea superadora, que con el tiempo se convirtió solo en alusiones y metáforas místicas.

    La política de la Tercera Posición se presentó como un cambio de rostro en la temática de la política exterior pero, ¿cuánto margen hay para innovar en materia de política exterior en Argentina y Latinoamérica? Sí, siempre se viven las relaciones en forma triangular pero,¿cómo trascender con esta concepción a finales de la Segunda Guerra Mundial? Si las relaciones internacionales fluctuaban entre Gran Bretaña- Estados Unidos y la URSS en el nivel internacional. Y en el campo regional Argentina se comportaba como si se estuviera en una relación pendular con Chile y Brasil; y Uruguay, Bolivia y Paraguay se basaban (y se basan) en la desconfianza, sino miremos lo que pasa hoy con el MERCOSUR. La política de Argentina no logra nunca la unidad latinoamericana.

    La intención de generar una política para aglutinar a los países que querían salir de la tutela de los colosos en que se había divido el mundo de finales de la Segunda Guerra fue, en su génesis buena, pero lo que falló en el gobierno de Perón es que nunca achicaba la brecha entre realidad y fantasía.

    Desde los primeros momentos de su gestión de gobierno, Perón, fue perceptivo a una política exterior que, a diferencia de lo que ocurría en la mayoría de los países latinoamericanos, se resistía a aceptar la legitimidad de la pretendida alineación del continente americano al lado de los intereses políticos, económicos e ideológicos de los Estados Unidos.

    Desde su participación en la Conferencia Interamericana de Río de Janeiro en 1947, donde se discutió y sancionó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, hasta las reuniones que en 1954, la política argentina se formuló en función de la Doctrina de la Tercera Posición.

    El presidente Perón, en sucesivas oportunidades reiteró su rechazo a aceptar la división del mundo en dos zonas o esferas de influencia que consagrarían una visión maniquea del mundo; justo él.

    La teoría de la Tercera Posición fue presentada como la solución universal, el milagro de las masas de los países que no eran hegemónicos, una idea superadora entre el capitalismo y el marxismo. “Es la adopción de un sistema intermedio cuyo instrumento básico es la justicia social”, decía.

    Perón iba más allá de la política exterior, pero al final sus gobiernos resultaron ser una posición Argentina para argentinos que querían enarbolar las supuestas glorias que detentaba la historia de Argentina, ya que sufría y sufre una crisis de identidad histórica. Por eso falló.

    La democracia, aquella que se sustenta en una política deliberativa, que admita el uso de la innovación y la creatividad alimentada por una memoria histórica crítica, puede llegar a constituir un referente para una modernidad política emancipadora tanto en el orden interno como externo, pero su promesa sigue en el horizonte de todas las políticas ejercidas por los gobiernos argentinos de turno.

    Perón no lo pudo lograr porque fue una idea entre la utopía y la construcción de la patria grande.

    Fuente: Revista El Arcón de Clio

     




     
     

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