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    Informe de Prensa
    27 de Noviembre de 2013  

    No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto quiere llegar. Por eso, en educación la recompensa de una evaluación efectiva es que el docente y el estudiante sepan de qué modo pueden mejorar aún más. Esto se debe convertir en una premisa para todos los que velamos por una educación mejor.

    Hay una nueva concepción de la evaluación, que supone un cambio de mentalidad en la relación profesor-alumno. En el aprendizaje diario, la evaluación se debe aceptar como una nueva situación de aprendizaje, no como “el cuco” que provoca hasta malestares físicos y psicológicos, como era en otros tiempos basados en una educación enciclopedista.

    La evaluación expande la mente. Lleva el propio conocimiento y el de los demás más allá: puede hacer que nos sorprendamos de nuestros propios logros. Ese es el fin de la educación: no tener un “techo educativo”.

    Si queremos ser los mejores profesores –y creo que nadie contestaría que no–, debemos observar quién es el mejor enseñando y retroalimentarnos de las experiencias de nuestros compañeros docentes. De todos aprendemos: la educación no se hace en soledad.

    Aunque a veces los profesores podemos no estar de acuerdo en alguna modalidad evaluativa, se puede sugerir que los alumnos escojan las que para ellos sean las mejores prácticas docentes. De esta forma se puede compartir el aprendizaje en una construcción grupal, haciendo colaborativamente bloques de conocimiento integrados y organizados cronológicamente con otras/os docentes.

    La retroalimentación evaluativa debe referirse a un proceso de comunicación y ajuste de resultados, por eso originalmente la retroalimentación es un concepto de la teoría de sistemas que se aplicó a innumerables dominios de la ciencia, la tecnología y la industria (cibernética, ingeniería, economía, biología entre las más importantes).

    La retroalimentación tiene la capacidad de influir en el aprendizaje, como lo sostiene Rebeca Anijovich: “Una clave para construir la evaluación como herramienta potente para la enseñanza y el aprendizaje implica fortalecer la retroalimentación, es decir, la devolución que realiza un otro (ya sea el docente u otros compañeros, en la medida que estén preparados para hacerlo) sobre las propias producciones, pero la simple entrega de un resultado no conduce necesariamente a una mejora”. Para eso tengo que tener en claro adónde estoy tratando de llegar, partiendo desde donde estoy en el aula, conociendo las fortalezas y debilidades mías y de mis alumnos.

    Suele decirse que los alumnos no saben escuchar ni tomar apuntes, que no interpretan consignas, que tienen dificultades para organizarse y trabajar en grupos, que copian y pegan información desde Internet sin discriminar su validez, etcétera.

    Para que esto no sea una constante hay que tener en claro, en los objetivos educativos, la posibilidad de brindar espacios evaluativos instantáneos con los alumnos para que compartan entre sí la información y la toma de decisiones de lo que ha de incluirse en el contexto expositivo, dialógico, visual, etc. Todo tiene que tender a un aprendizaje colaborativo y la evaluación no debe ser la excepción.

    Hoy en día, está totalmente descartada aquella evaluación que sólo se ejecuta una vez que haya “concluido” el proceso de enseñanza-aprendizaje: este no termina nunca, solo se cierran ciclos educativos. En este sentido, para lograr una eficaz evaluación hay que conocer bien a los alumnos; la evaluación debe contribuir arrojando información desde el inicio del proceso de aprendizaje hasta su término. En definitiva, la evaluación no es el paso final de un tema educativo: es solo un paso más en la educación, una manera de aprender.

     

    *Docente de nivel secundario en los colegios Nuestra Señora de Lourdes y San Cayetano, La Plata.

    Fuente: Clarín

     




     
     

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