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    El papel de la mujer en la historia es un tema nuevo en más de un aspecto. Sólo ha sido planteado recientemente, al menos por algunos historiadores, después de haberse producido una evolución considerable del lugar de la mujer en la sociedad, sobre todo en nuestro país y América, donde un poder marcadamente masculino parecía absolutamente natural y los españoles recién llegado. La historia tradicional ha negado el importante papel que jugó la mujer en la conformación de las distintas sociedades y en la Argentina se ve esto.
    En nuestro país si bien en los últimos años ha habido estudios que se ocuparon del tema, todavía es necesario ahondar en el mismo. Este tipo de historia nos lleva a investigar viejos documentos, donde aparecen desde la vestimenta, alimentación, usos y costumbres, hasta como se desarrollaban instituciones tan importantes como el matrimonio en las diferentes épocas, o sea hacer la historia de la mujer mas cotidana para su estudio. La dote, la importancia de la “ropa blanca” nos llevan a conocer cómo vivían las mujeres de la época virreinal e independiente, por ejemplo.
    La experiencia histórica de las mujeres desde la época colonial hasta fines del siglo XIX se organiza alrededor de tres ejes: sujeción y cautiverio; la desapropiación del cuerpo; Cuando se realiza el análisis de un personaje histórico, se debe tener en cuenta su posición política e ideológica en el contexto de su época; cuando se lo juzga, se lo debe entender como un representante de determinados intereses históricos de la clase a la que perteneció. Es imprescindible tener en cuenta también el momento de desarrollo por el que atraviesa esa clase.
    Poca información es la que nos brindan los textos escolares sobre las mujeres de la elite colonial que vivieron durante la época del Virreinato, ¿es más existíamos?. Las imágenes más comunes las muestran amenizando unas fiestas características de su grupo social, las tertulias, o bien organizando el trabajo de una numerosa servidumbre, en las grandes casonas coloniales, pero nada más.
    La crónica del Río de la Plata indica que fue el adelantado Don Pedro de Mendoza quien arribó a estos puertos con las primeras veinte mujeres que conformaron su tripulación integrada por mil soldados y cien cabezas de ganado caballar, en 1536.
    Entre las primeras mujeres españolas que llegaron al “río de argento” estaban María Dávila, mujer y legataria de Pedro de Mendoza; Elvira Pineda, criada de Juan Osorio y testigo de su alevosa muerte; Mari Sánchez, esposa de Juan Salmerón de Heredia; Catalina de Vladillo, Isabel de Quiróz, María Duarte y otras, cofundadoras de Buenos Aires. Es justamente una de estas “adelantadas” la que oficia como primera corresponsal de las inhóspitas tierras de la conquista, puesto que con la despiadada descripción de las penurias que se vivían en estas tierras, Isabel de Guevara conmueve no sólo a la corona española sino a las futuras generaciones. Casada con Pedro Esquivel, desde Asunción Isabel de Guevara envía una carta a la reina Juana el 2 de julio de 1556, donde le hace saber la importancia del trabajo de la mujer y la miseria en la que viven en el Río de la Plata.
    Leyes desde la corona en 1768: En este año se publica la Real Cédula de Carlos III, por la que se manda observar en Madrid el reglamento formado para el establecimiento de escuelas gratuitas en los barrios de él, en el que se de educación a las niñas, extendiéndose a las Capitales, Ciudades y Villas populosas de estos Reinos en los que sea compatible con la proporción y circunstancias de cada una y lo demás que se expresa.
    Con esta Cédula, Carlos III dicta unas normas básicas para fomentar la creación y organización de escuelas gratuitas para niñas. Pero de esa Real Cédula se desprende con claridad cuál es el concepto que se tiene en la época de lo que debe ser la educación de la mujer, que basa en dos aspectos fundamentales, enseñanza de doctrina cristiana y dominio de un amplio catálogo de labores domésticas, con preferencia de costura. Todo lo demás se considera accesorio.
    Esta Cédula concluye asegurando que “…El principal objeto de las escuelas es la labor de manos. Pero si alguna de las muchachas quisiese aprender a leer, tendrá igualmente la maestra la obligación de enseñarla…”.
    Además, a no ser obligatoria era muy corta en el tiempo ya que lo habitual era que antes de cumplir los diez años, las niñas pasaran a integrarse en el mundo laboral, bien por cuenta ajena o bien colaborando en las faenas domésticas de su propia casa. Y si alguna quisiera seguir estudiando las familias no tenían otra opción que dejarla en un convento pero solo hasta la adolescencia donde la niña (o la familia) tendría que elegir entre solo dos caminos: ingresar en el convento como novicia o el matrimonio
     

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