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    Buenos Aires
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    Durante las dos primeras décadas del presente siglo, la mayoría de las mujeres siguió trabajando en las explotaciones de tipo familiar y en las pequeñas empresas artesanales. Las modistas y costureras realizaban trabajo a domicilio, encargado por las incipientes fábricas textiles. El Censo de 1914, realizado en Argentina, comprobó la existencia de las siguientes ocupaciones femeninas: costureras 142.644, lavanderas 79.059, modistas 45.127, tejedoras 28.088, mucamas 28.088, cocineras 49.200, maestras 21.961, parteras 2.140, empleadas de comercio 9.240, telefonistas 1.101. En esa fecha habían surgido las primeras profesionales: médicas 59, abogadas 6, periodistas 41 y 1.502 profesoras secundarias:
    El proceso de industrialización, iniciado más temprano en Argentina que en otros países latinoamericanos, permitió una masiva incorporación de la mujer a las fábricas. Según el censo de 1914, en la industria manufacturera trabajaban 352.999 mujeres de un total de 841.237 operarios.
    Como testimonio de la vida miserable que sufrían esas mujeres la luchadora feminista argentina, Mirta Henault, transcribe un informe que el Dr. Bialet Massé elevó al gobierno de Buenos Aires:
    “No eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia, con la rudeza de la vida; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación y con tal de satisfacer las necesidades de los que ama prescinde de las suyas hasta la desnudez y el hambre (...) La clase más numerosa la constituyen las costureras. Trabajando fuerte ganan 80 centavos a un peso; las de trabajo superior, de un peso 20 centavos hasta un peso con 40 centavos excepcionalmente; pero como en algunas casas trabajan varias, ayudándose unas a otras, no puede saberse bien lo que ganan (...) El ramo de las planchadoras en Tucumán está tan malo como a en las otras ciudades del país. Muchas mujeres trabajan en sus casas, y hay varios conatos de taller con una oficiala y dos o tres aprendices. Trabajan de 6 de la mañana a las 6 de la tarde, teniendo un descanso de media hora para el mate, mañana y tarde , y hora y media a mediodía, de modo que la jornada efectiva es de diez horas y media (...) otro oficio era la lavandera. Estas son unas desgraciadas; flacas, enjutas, pobres hasta la miseria. Visité algunas lavanderas y planchadoras y me enteré cómo efectúan estos trabajos de modo primitivo. En una batea, debajo de un árbol o de unas ramas, unos tarros de petróleo, en el que hacen hervir la ropa, puestos en un fogón, que son tres o cuatro piedras en el suelo (...) La mujer del artesano tucumano es la bestia de carga sobre la que pesa toda la familia; ella es la que revendiendo frutas o amasando o lavando o recibiendo pensionistas para darles de comer, consigue economizar unos centavos para vestir a sus hijos y no pocas veces para alimentar los (...) ¿Cómo vive la mujer del peón? En medio de la inmundicia; el agua sólo entra en el rancho para la alimentación, nunca para la higiene. La mujer del peón, la lavandera, la que hace la comida con destino a las cárceles, la amasadora, llevan una vida de trabajos y sufrimientos; trabajan durante el tiempo de la gestación; trabajan en cuanto abandonan el lecho en donde han alumbrado y trabajan mientras dan de mamar y continúan haciéndolo hasta que la tuberculosis las consumen.
    Las primeras leyes, como la N0 5291 sobre trabajo de mujeres y menores, hacen alusión “a una mujer ‘pobre obrerita’, escapada del naturalismo zoliano, niña necesitada de apoyo y protección, tutelaje que ‘naturalmente’ debía ser provisto por sus compañeros de clase. Así, sorprendentemente, desde el mítico Alfredo Palacios —primer diputado socialista de América— a la desconocida y combativa dirigenta sindicalista femenina Gabriela de Lamperriére de Coni coinciden ambos en invocar el retiro de la mujer de la fuerza de trabajo y su regreso al hogar. Dice Coni —observen el sexo del interpelado—: ‘Obreros, sólo en caso de absoluta necesidad mandareis a vuestras mujeres e hijas a eso infierno mal. Llamado fábrica”.
    Desde principios del presente siglo, las mujeres comenzaron a intervenir en el movimiento sindical. En el Primer Congreso de la UGT (Unión General de Trabajadores), realizado en 1903, participó la Unión Gremial Femenina, logrando elegir en la Junta Directiva a Cecilia S. de Baldovino. En 1906, las fosforeras protagonizaron una huelga y en 1909 fundaron su propia agrupación.

    El voto de las mujeres en Argentina María Cecilia Alegre En Argentina, las primeras mujeres que se ocuparon y preocuparon por organizarse sobre el tema de la participación política y su consecuencia: el sufragio femenino, fueron las militantes del Partido Socialista y las anarquistas. Estas mujeres comenzaron a luchar por conseguir igualdad de derechos y de oportunidades a la par de los hombres, quienes contaban con derechos cívicos casi desde el mismo momento en que plantearon la necesidad de organizar una nación y un Estado nacional argentino.
    Para tal fin, las socialistas y anarquistas, siguiendo el ejemplo de sus pares europeas fundaron entre 1900 y 1910 una serie de agrupaciones en defensa de los derechos cívicos de la mujer. Y a ellas las siguieron otros grupos de mujeres, menos radicalizadas pero tan progresistas como ellas, que tenían reivindicaciones similares.
    El por qué de la lucha
    Al comienzo del siglo XX, el modelo femenino en Argentina estaba cambiando. Las mujeres, aún aquellas que tenían su ámbito de desarrollo en el seno del hogar, aprendieron de los hombres y de las noticias que les llegaban desde Europa y Estados Unidos, que ellas también tenían derechos.
    Por la legislación imperante en Argentina en esos años, las mujeres no tenían presencia cívica. Para la ley eran consideradas poco menos que minusválidas o menores de edad eternas, ya que pasaban de depender de su padre al esposo, en caso de casarse, sin solución de continuidad.
    En cambio, los hombres tenían derecho al voto y sus derechos como ciudadanos eran plenos desde la primera vez que se votó en el país. Aquí vale una aclaración: no todos los hombres podían ejercer con libertad sus derechos cívicos. Recordemos que en nuestro país los mismos fueron restringidos a una minoría ilustrada que controlaba el voto de los “varones mayores de 18 años”, según conviniera. Esto será así, en principio hasta la llamada Ley Sáenz Peña y la Reforma Electoral de 1912, y aún así se votará con restricciones hasta por lo menos los gobiernos radicales de las primeras dos décadas del siglo XX.
    Pero las mujeres quedaban fuera de la vida como ciudadanas, no participaban de la vida política, no tenían derechos cívicos, eran poco menos que incapaces ante la ley.
    Los primeros intentos de organización para la lucha por los derechos cívicos
    A principios del siglo XX, las mujeres más informadas y con un espíritu de lucha un poco más desarrollado, formaron lo que se conoció como Unión y Labor para el Progreso Femenino y la Protección del Niño en 1900, la Asociación de Universitarias Argentinas en 1902, y en 1905, el Centro Feminista de Buenos Aires y la Liga de Mujeres Librepensadoras.
    Como sus nombres lo indican, eran todas agrupaciones que buscaron la reivindicación de los derechos políticos de las mujeres. Y a estas organizaciones se les sumaron las Agrupaciones Femeninas Sufragistas, en 1902 el Centro Socialista Femenina, en 1907 el Comité Pro-sufragio femenino y el Centro Femenino Anarquista; en 1919 el Partido Feminista Nacional. Y en 1930, el Comité Argentino pro-voto de la Mujer.
    Cuesta imaginarlo, pero se puede vislumbrar una época de efervescencia política en la que las mujeres más ilustradas y preparadas intentaron organizarse y hacerles conocer a las otras, menos afortunadas, muchas de ella inmigrantes, la necesidad de saber de sus derechos.
    La tarea no fue sencilla ni corta: todavía a mitad del siglo XX la mujer argentina seguía sin tener derecho a votar y continuaba sin ejercer sus derechos cívicos. Imaginemos cómo era la vida entonces, nosotras, mujeres modernas, que trabajamos, que defendemos lo que nos parece justo. Que estamos preocupadas, a la par de los hombres, por emitir correctamente nuestro voto, por defender nuestros derechos que nos parecen tan naturales y no discutibles.
    Poco a poco, las primeras mujeres luchadoras empezaron a ser acompañadas por otras progresistas, pero menos radicalizadas en sus reivindicaciones. Pero todas con el firme propósito de luchar por conseguir el sufragio femenino y la plenitud de los derechos para la mujer. Y esta lucha no era sencilla porque diariamente se cruzaba con la problemática de la mujer que era mucho más amplia: la mejora de las condiciones de trabajo, pedidos de asistencia, protección para las embarazadas y sus hijos.
    Luego del golpe de 1930, las agrupaciones femeninas sufrieron algunos cambios; el conservadurismo que tomó el poder de la mano de Uriburu y Justo, alejando el gobierno del presidente radical Hipólito Yrigoyen, dificultó parte de los reclamos femeninos que debieron abandonar la cuestión de la mujer en general, y centrarse en la cuestión del sufragio en particular.
    Los diferentes partidos políticos comenzaron a sumar mujeres dispuestas a pelear por lo suyo, conscientes de que las mujeres fuimos una fuerza importante dentro de la sociedad: en 1933 se crea la Asociación de Mujeres Radicales (de la Unión Cívica Radical); en 1946 la Secretaría Femenina del Partido Laborista, y la Secretaría Femenina de la Unión Cívica Radical. En 1949, el Partido Justicialista organiza su Rama Femenina.
    Antecedentes de la participación femenina en el gobierno gracias al voto
    Las inquietas mujeres no cejaron en su lucha y lograron que poco a poco se les tomara en cuenta. Así, en 1862 habían logrado que en San Juan se las incluyera en la votación, aunque el voto fuera calificado en las elecciones municipales. Tuvieron que esperar hasta 1921 para que se repitiera la participación: en Santa Fe se promulga una Constitución que aseguraba el voto femenino a nivel municipal, aunque la participación fuera menor.
    En 1927, cuando en San Juan se sanciona la nueva Constitución, estas luchadoras logran que se les reconozcan iguales derechos que a los hombres. Pero el golpe de 1930 anula cualquier posibilidad de reconocimiento femenino: las mujeres son eliminadas como ciudadanas del padrón electoral. Habrá que esperar hasta la llegada del gobierno de Perón para que nuevamente se les tenga en cuenta. Pero la lucha no había terminado. Continuaría.
    La ley del voto femenino. Eva Perón, año 1947
    Ya habían pasado muchos años desde el comienzo de la lucha. Casi medio siglo tardará en imponerse la iniciativa levantada por aquellas mujeres a principios del siglo XX, para que la población femenina con mayoría de edad accediera al derecho a elegir y ser elegidas. No existía ningún fundamento legal para la exclusión de las mujeres a la hora de emitir sufragio, eran más bien las concepciones sociales predominantes, anticuadas, desactualizadas, no acordes con lo que sucedía en el mundo y con el protagonismo femenino a nivel mundial.
    Precisamente, esa ambigüedad legal permitió que en septiembre de 1947, en virtud de la ley 13.010 votada por el Congreso Nacional durante el primer gobierno de Perón, las mujeres obtuviéramos por primera vez derecho a participar de una elección y tener los mismos derechos civiles que los hombres, a pesar de que hacía muchos años que constituíamos una fuerza laboral importante en el desarrollo de Argentina.
    La promotora de dicha ley fue la ex primera dama argentina Eva Perón, una de las impulsoras de los reclamos femeninos que muchas otras mujeres enarbolaron hacía medio siglo, y por los que realmente lucharon sin pausa.
    Pero fue hasta el 11 de noviembre de 1951 que la mujer argentina emitió por primera vez su voto a la par de los hombres, del resto de los ciudadanos.

     

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