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Los Caudillos Argentinos

Argentina - Los Caudillos Argentinos - Catamarca y Tucumán

Zona actuales Provincias de Catamarca y Tucumán

  • Juan Felipe Varela

Argentina - Los Caudillos Argentinos - Catamarca y TucumánNo es mucho lo que se sabe de Varela hasta el momento de su irrupción en el escenario nacional. Diversos historiadores repiten los mismos datos: que nació en 1821 en Guaycama (departamento de Valle Viejo, Catamarca), hijo de Javier Varela y de Isabel Rearte; que desde niño vivió en Guandacol (La Rioja) con su familia; que allí hizo su aprendizaje de armas al lado de un caudillejo lugareño de apellido Castillo, con quién luchó bajo las banderas unitarias en la Coalición del Norte. Varela casó en Guandancol con una niña Del Castillo y algunos de sus hijos hicieron posteriormente dignas carreras en la docencia y magistratura.
Es muy probable que en el destierro haya entablado amistades con el Chacho, aunque no consta que lo acompañara en las entradas antirosistas que sabemos. Sirvió durante un tiempo en el ejército chileno. Este paso por las filas chilenas dio a Varela un vago sentido americanista, una visión política desprendida de limitaciones fronterizas y nacionales.
Después de Caseros vuelve al país y sus andanzas comienzan a ser más destacables. Incorporado al ejército de la Confederación, hacia 1855, figura como teniente coronel en el regimiento 7º de línea, asentado en Río IV, en la frontera de indios. Allí debió permanecer algunos años. Pelea en Pavón en las filas del ejército de la Confederación, un año después de la batalla, don Régulo Martinez, amigo de Mitre, escribe a éste que Varela "…fue la única fiel criatura que tuvo Urquiza en Pavón y después de Pavón".
A mediados de 1862 Felipe está en La Rioja, con el grado de coronel. A principios de julio es designado jefe de policía y virtual comandante de armas de la provincia. Ahora tiene el control de las armas y las milicias riojanas.
En enero de 1863 es comisionado por Peñaloza para hacer una larga gira que abarca toda la provincia. Viaja acompañado de una corta partida armada. Se supone que la marcha tiene por objeto la inspección de la entrega de armas y la pacificación de las milicias alzadas.
A fines de febrero de 1863, una nueva misión espera a Varela, que por lo visto ya es la mano derecha del Chacho. Debe ir a Catamarca a cobrar una herencia. El gobernador liberal de Catamarca destaca media docena de hombres a la raya de La Rioja, para detener al inquietante activista. Pero éste acompañado por un grupo de riojanos, ataca a los centinelas, les arrebata los caballos y vuelve a La Rioja prometiendo al gobernador volver muy pronto.
Antes de la proclamación formal de la insurrección del Chacho, llega Varela a las cercanías de Catamarca, acompañado por Carlos Angel, Severo Chumbita, y un regular número de hombres. El gobernador no deja que los rebeldes tomen contacto con sus amigos y los dispersa en la Callecita, el 31 de marzo de 1863. Regresan los montoneros a unirse con el Chacho. Varela está al lado de su jefe en Las Playas, escapa con él hacia los Llanos, elude al coronel Arredondo, y luego se separan dándose cita en Jagüel, desde donde pueden subir a Tinogasta y eventualmente a Bolivia, o pasar a Chile si las cosas se ponen muy feas.
En Chile se enterará pocos meses después del asesinato del Chacho y el virtual sometimiento de sus amigos al "nuevo orden de las cosas". Ha quedado muy pobre después de estas correrías, pero su espíritu ha crecido en las ansias de desquite. Sigue confiando en Urquiza como jefe del partido federal y le insta, en una carta, a ayudarlo para levantar una división. Pasa algunos meses en el destierro, y luego retorna al país, para colocarse al servicio de Urquiza, tal vez como ayudante o edecán. Cuando en mayo de 1865 se entera de que ha estallado la Guerra contra el Paraguay, se viene desde Chile a ponerse a las órdenes Urquiza. No entendía los motivos para luchar contra el pueblo hermano, no admitía la alianza con el Imperio Brasilero que siempre había sido enemigo de los estados del Plata.
En diciembre de 1865 se dirige a Urquiza desde San José pidiéndole permiso para irse a Chile por razones particulares. Baja a Buenos Aires en procura de la cobranza de sueldos atrasados. El vicepresidente Marcos Paz le hizo pagar 2000 patacones sin mayores trámites, ansioso de ganar a su causa al ya bastante conocido coronel. Después sigue a Chile.
No había pasado un año y medio desde el asesinato del Chacho: los regimientos de línea seguían ocupando provincias y las represiones contra los antiguos insurrectos proseguían silenciosamente. El malestar prosperaba no sólo en lo ancho de la geografía territorial sino también en lo profundo de la geografía social. Un sólido odio fermentaba contra las clases pudientes, vinculadas a la ideología gobernante.
Nadie quería servir en esa guerra, como si una oscura intuición les apuntara que a las guerras injustas no hay obligación de concurrir. Eran los mismos hombres que habían ido a los entreveros del Chacho como a una fiesta, pero esta guerra no era la de ellos.
En septiembre de 1866, las armas de la Triple Alianza sufrieron la más grande derrota de la guerra. El primero de noviembre ocurrió un hecho minúsculo en Mendoza: se sublevó la política local, exasperada por el atraso de sus sueldos. En las condiciones explosivas en que se vivía, bastó para ser el factor determinante de la reacción popular. (mapa n°14).
Al mismo tiempo se sublevó el contingente que estaba listo para ser enviado al frente paraguayo. Los revolucionarios empezaron a llamarse "federales" y a usar el cintillo colorado.
Irrazábal enfrentó por su cuenta a los sublevados mendocinos y fue deshecho. El gobernador de San Juan, alarmado, llama en su ayuda al de La Rioja. Pero ambos mandatarios fueron derrotados en la Rinconada del Pocito por los federales de Mendoza y los sublevados a su sombra en San Juan; y Juan de Dios Videla se hizo proclamar gobernador de la provincia.
En apenas dos meses todo Cuyo estaba en poder de la insurrección. Y además, el territorio de La Rioja estaba virtualmente sublevado y en Catamarca el liberalismo gobernante se destrozaba en un enfrentamiento local. Un tercio del país estaba alzado. Y la cosa se puso muy seria cuando se confirmó que Varela había cruzado la cordillera.
Pasó a Chile hacia la primera mitad de 1866. Quedó allí observando la oportunidad de llevar a cabo el movimiento que venía proyectando desde dos años antes. Los chilenos no podían ver con desagrado una cuña revoltosa metida en la Argentina, que se había negado a solidarizarse con Chile y Perú en el conflicto bélico que amos países del pacífico tuvieron por esa época con España. Puede suponerse también que Varela anduvo en Bolivia intimando con el presidente Melgarejo.
Varela consiguió la colaboración del coronel Estanislao Medina, que levantó dos batallones bien equipados.
Hasta fines de diciembre no había certeza de su paso. Pero su presumida vecindad bastaba para que en los Llanos se levantaran las montoneras.
Hacia mediados de enero cruza de Coquimbo a Jáchal con un golpe de gente no mayor del medio millar. Ocupa Jáchal sin lucha, y en San Juan mantiene una conferencia con los jefes de la insurrección.
Varela, al asumir el comando de la rebelión, transforma los desórdenes cuyanos en una revolución nacional.
En San Juan se decidió el plan de lucha: Saá y Videla operarían hacia el litoral por San Luis y el sur de Córdoba. Varela se dirigiría hacia el norte para destruir el bastión liberal de Santiago.
No eran bandoleros los jefes de la reacción federal de 1867, ni tampoco eran utópicos sus planes. Contando con la base de Cuyo y sumando La Rioja y Catamarca a la rebelión, el gobierno de Córdoba no se movería en actitud hostil. De aquí a Buenos Aires había un paso, y Urquiza, por comprometido que estuviera con Mitre, difícilmente se resistiría a encabezar una revolución que ponía al país en sus manos.
Varela venía con unos pocos aventureros de Chile, contando sólo con el levantamiento de los Llanos, de manera que su plan había fallado. Cuando los hechos demostraron que el optimismo de Paz era infundado, Mitre resuelve reforzar a Paunero con una fuerza de 1000 hombres, al mando del coronel Arredondo.
Mientras Sáa y Videla bajaban a preparar su avance sobre el litoral, Varela se dispone a conquistar La Rioja. El nuevo gobernador designa comandante en jefe de las fuerzas provinciales a Irrazábal, las milicias riojanas reciben el nombramiento como una provocación y se sublevan. La Roja está a punto de caer en brazos de la revolución federal. Varela, todavía en Jáchal, destaca a Medina a ocupar Chilecito. Después de completar su remonta en San Juan, se une con su segundo y desde Chilecito se apresta a invadir Catamarca.
En su marcha reciben los revolucionarios la incorporación del caudillo Severo Chumbita y de partidas espontáneas de la zona de Belén. El cuatro de marzo frente Tinogasta, Medina invita a Córdoba a que "salga a campos de San José a presentar batalla". No hubo respuesta, entonces Medina dividió a su gente en columnas y las metió por las calles del pueblo. Después de tres horas de lucha intensa, las fuerzas insurrectas llegaron a su objetivo.
Al saber la noticia del triunfo, Varela coacciona a los ricos de Chilecito para aprovicionar sus tropas, y luego se dispone a avanzar hacia Catamarca. Los defensores del gobierno nacional no ignoraban la inestabilidad de la situación riojana. Inicia su marcha hacia el norte (26 de marzo). Mientras Taboada bajaba a La Rioja, el caudillo sube a Catamarca, se sitúa en Chimbicha, donde se reúne con Medina.
La incorporación de diversos caudillejos y partidas sueltas elevaban la partida de Varela a casi 5000 hombres, el ejército más numeroso que jamás haya pasado por esa región. Tenía tres cañones y a su lado cabalgaban todos los antiguos lugartenientes del Chacho.
El 8 de abril inicia su contramarcha hacia La Rioja, y es aquí donde comete el único error táctico de su campaña. Forzó la marcha de su ejército y agotó hombres y bestias en un avance sobrehumano bajo el fervoroso sol de los abriles riojanos. El 9 de abril llegan a las Mesillas, a cuatro leguas de La Rioja; ese día, manda degollar al mayor Barcala y tres ciudadanos libres que traían presos desde Chilecito.
El 10 de abril, exhaustos y muertos de sed, los montoneros avistaron los campanarios de La Rioja. Había dispuesto Taboada sus tropas en torno a un pozo. Cuando el sol se clavó en medio del cielo, a la una de la tarde, se oyó un cañonazo en las filas montoneras y un gran alarido definió el horizonte.
Y comenzó la batalla de Vargas. Los mercenarios de Medina avanzaban hacia las posiciones nacionales. Dos veces atacó Medina y las dos veces debió volver caras. Las dos caballerías se batían ferozmente, cuando el jefe de los jinetes fue muerto, los restos de sus columnas debieron replegarse. Entonces, el gaucho Elizondo entró a fondo en las líneas enemigas, falló, y se dirigió a los Llanos.
Varela retrocedió hasta Las Mesillas, con lo que pudo salvar (sus mejores tropas estaban muertas o dispersas), para reorganizarse y volver a Chilecito. Taboada no intentó perseguir a los derrotados, sino que regresó a la ciudad para preparar su retorno a Santiago. Y así finaliza la batalla del pozo de Vargas.
Después de lo de Vargas, Varela solo podía tener bajo su mando a simples montoneras, integradas por hombres acosados y desesperados, que no omitieron enemigo por degollar cada vez que pudieron. Irrazábal, enseguida de Vargas, captura una partida montonera y hace morir a tres de sus jefes. Medina hace alancear en su casa al comandante Tristán Dávila, el más capaz de los dirigentes liberales de la provincia; y unos días después, tres próceres de las "familias decentes" de Chilecito son asesinados por una partida suelta.
Varela había seguido con sus pocos fieles hasta el pie de la cordillera. Elizondo andaba por los Llanos eludiendo a las fuerzas gubernistas. Un mes después de la batalla presentada a La Rioja, todo el territorio estaba infestado de montoneras, que revivían el panorama de la época del Chacho. Varela decidió seguir peleando solo. Tenía esperanzas de que el Salta se pronunciara el general Aniceto Latorre y creía que en Catamarca otro militar de antecedentes federales, el general Octavio Navarro, podía decidirse por la insurrección.
El regreso del comandante Charras a San Juan dejó libre de nuevo todo el oeste riojano a las montoneras.
La hueste de Elizondo había ocupado La Rioja, desguarnecida de toda defensa por la fuga de su gobierno. A fines de junio de 1897, Varela había recuperado Chilecito y se trasladaba luego a la capital, donde permaneció varios días. Taboada, que estaba en Catamarca, avanza una vez más sobre La Rioja y dispersa la retaguardia de Varela en Punta de Agua. El coronel Arredondo sube desde San Juan para combinar con el santigueño la definitiva liquidación de la insurrección.
Se abre entonces una confusa etapa de acciones militares e intrigas políticas donde muchos personajes juegan un papel muy ambiguo y donde cada hecho debe examinarse con el trasfondo de la inminente elección presidencial. Taboada prefiere afirmar su influencia allí donde los electores pueden ser dudosos para Rufino de Elizalde, su candidato a presidente. Arredondo alterna su exitosa campaña con insurrecciones contra los "taboadistas" riojanos. Cabecillas de la montonera su purifican con el agua lustral de la civilización y el orden. El general Navarro remolonea en el cumplimiento de su deber y más parece que custodia que persigue a Varela.
Varela reúne todas sus fuerzas en Chilecito y sube hacia Tinogasta, donde llega el 29 de julio con la vanguardia enemiga pisándole los talones. En Saujil consigue Arredondo alcanzar parte de la montonera, la dispersa y luego retorna a La Rioja.
Un año después, Navarro, oficialmente encargado de la persecución final de Varela, retrasaba inexplicablemente sus marchas; y el gobernador de Tucumán, convocado a defender la amenazada ciudad cuando se supo la derrota de Frías, quedó atrapado por los ojos de las chinitas de Trancas y demoró más de un mes en regresar a Salta.
El 8 de octubre se supo que las montoneras habían ocupado Rosario de Lerna. Al día siguiente aparecen en las orillas de la ciudad de San Bernardo las montoneras de Felipe Varela. Se cambiaron algunos disparos y los montoneros se retiraron a pernoctar al Campo de la Cruz. A la madrugada del día siguiente el caudillo envió a los defensores la clásica intimación y poco después empezó el ataque. La lucha fue intensa durante toda la mañana. Los defensores de Salta empezaron a sentir hacia el mediodía la escasez de municiones. La horda de Varela irrumpió en la ciudad mientras los defensores y sus familias se refugiaban en el convento de San Francisco. Los ruegos de los frailes franciscanos y la noticia de la inminente aparición del general Navarro, indujeron a Varela a abandonar la ciudad conquistada, apenas horas después de haber conseguido el triunfo.
Al saber la aproximación de Navarro, ordenó desocupar la plaza he hizo tender sus líneas en el Campo de la Cruz, suponiendo que iban a tener que librar un combate formal, pero el prudente catamarqueño eludió la acción y Varela desfiló tranquilamente hacia el norte.
El 5 de noviembre de 1868 el general Felipe Varela se dirige al subprefecto de la provincia boliviana de Chichas, comunicándole que habría de pisar territorio del país vecino. Se le ordenó dejar las armas en Sococha, a tres leguas de Yaví. Luego los montoneros continuaron su peregrinación hasta Tupiza.
Los últimos fieles de Varela, conducidos por Guayama, fueron licenciados en Tarija. El caudillo siguió hasta la capital donde vivió un tiempo obsequiando al presidente Melgarejo con asados hechos a la usanza argentina.
Varela anda por Bolivia de un lado a otro, sigue emperrado en su proyecto. No más de 200 hombres lo siguen. El coronel Julio A. Roca lo hace dispersar en las Salinas el 12 de enero de 1869, mandando a uno de sus subalternos a correrlo. Varela se va a Atacama y de allí a Copiapó. Anda unos meses por la capital chilena, está en la indigencia. El julio de 1869 regresa a Copiapó, está enfermo de cuidado, pero el cónsul argentino lo vigila celosamente y de tanto en tanto manda informes tranquilizadores a Buenos Aires.
El 4 de junio de 1870, en el pueblito de Antoco, a cuatro leguas de Copiapó, moría el último montonero. Concluía con él una era, la de la resistencia de los pueblos a la estructuración del país concebida y conducida por Buenos Air
El Quijote de los Llanos
Es ahora que hace su aparición en la historia Argentina el coronel Felipe Varela. Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, como es común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa.
Aunque fuera una locura. Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de abatir endriagos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría. Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la Nación con despachos firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general de la Nación) se lo había borrado del cuadro de jefes. No se le importó: siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas lo llamaran "bandolero" como a Peñaloza.
La muerte del Chacho lo arrojó al exilio, en Chile. Allí asistió dolido a la iniciación de la guerra de la Triple Alianza y palpó en las cartas recibidas de su tierra su impopularidad. Le ocurrió algo más: presenció el bombardeo de Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez. enterándose con indignación que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra. Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la prueba del antiamericanismo del gobierno de su país. Cuando llegó a saber en 1866 el texto del Tratado de Alianza (revelado desde Londres), no lo pensó dos veces. Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los bocones los llamará) del deshecho militar chileno. Equipó con ellos unos cuantos exiliados argentinos, federales como él, esperando el buen tiempo para atravesar la cordillera. Cuando esta se hizo practicable, al principio del verano, la noticia de Curupayty sacudía a todo el país. ¡Ah! Olvidaba: también gastó su dinero en una banda de musicantes para amenizar el cruce de la cordillera y las cargas futuras de su "ejercito". Esa banda crearía la zamba, canción de la "Unión Americana" en sus entreveros, y la más popular de las músicas del Noroeste argentino.
A mediados, de enero está en Jáchal, provincia de San Juan, que será el centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel con dos batallones de cien plazas, sus bocones y su banda de música corrió con el rayo por los contrafuertes andinos. Cientos y cientos de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba, sacaron de su escondite la lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia ensillaron el mejor caballo y con otro de la brida fueron hacia Jáchal. A los quince días de llegado, el "ejército" del Coronel tenía más de 4.000 plazas. Por las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por toda la Republica:
.."¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas de Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú y Curupayty. Nuestra Nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes, tan rica en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una esclava quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre y sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que después de la derrota de Cepeda, lagrimeando juró respetarla.
¡Basta de victimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia!. ¡Cincuenta mil victimas inmoladas sin causa justificada dan testimonio flagrante de la triste situación que atravesamos!¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de Uruguayana, al precio del oro, las lagrimas y la sangre paraguaya, argentina y oriental!. Nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la Unión con las demás repúblicas americanas. Compatriotas! Al campo de la lid os invita a recoger los laureles del triunfo o de la muerte, vuestro jefe y amigo.

La muerte del Caudillo

El 12 de enero de 1869 las fuerzas centralistas al mando de Pedro Corvalán derrotan al caudillo en Salinas de Pastos Grandes, Salta, obligandolo a replegarse a Antofagasta. Dominado por el dolor de la impotencia, con la fiebre que lo abraza, Varela va al tranco acompañado de unos pocos hombres camino a Potosí.
Otra vez la disparidad de fuerzas, otra vez el poder económico de Buenos Aires, otra vez la derrota...
Así epilogó la revolución de Felipe Varela, empresa político-militar con ribetes de epopeya que pretendió cambiar el destino social y económico de nuestros pueblos retomando las bandera de Unidad Americana levantadas en todo el continente a comienzos del siglo XIX.
Iniciada el 6 de diciembre de 1866 con la vibrante Proclama lanzada desde el corazón de lo Andes. Ella experimento las más variadas alternativas en un trámite sacrificado y heroico de un año de duración.
Felipe Varela estuvo siempre dispuesto a empezar de nuevo desde la sima de sus derrotas. En esto fue consecuente con el ejemplo del Chacho, su antiguo jefe. Pero ese 12 de enero de 1869, en Pastos Grandes, sus esperanzas de una restauración federal con visión americanista se esfumaron para siempre. Y como la muerte épica no vino en su ayuda, sus días postreros transcurrieron en el exilio, consumidos por la miseria y la tisis.

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