15 años comprometidos con la eduación

Egipto - Leyendas

Egipto - Leyendas

Isis, supo donde fue arrojado el cofre, pero no sabía si se había hundido en las aguas del Nilo o si la corriente del río lo había llevado lejos.
Continuó recogiendo información y a través de sus poderes mágicos logró saber que el cofre había sido arrastrado por la corriente hasta Biblos y allí quedó depositado junto a un arbusto de tamarisco que creció hasta convertirse en un árbol gigantesco y que en su tronco quedó escondido el preciado cofre. Cuando el rey del lugar, Melcarthus, vio ese árbol tan espléndido, decidió talarlo y utilizar el tronco como columna para sostener el techo de su palacio.
De ese modo y sin saberlo, Melcarthus tenía oculto en la columna de su mansión, el cuerpo del desaparecido rey Osiris.
Isis, entonces, se dirigió a Biblos. Cuando llegó, se sentó al borde de una fuente mientras trenzaba sus cabellos. Al pasar por el lugar las doncellas de la reina, sintieron curiosidad por esa bella extranjera y se pusieron a conversar. Ella les respondió despidiendo perfume a flores de su boca.
Tan subyugadas quedaron las doncellas con ese encuentro que corrieron a comunicárselo a la reina, e inmediatamente les pidió que la trajeran al palacio.
Al verla, la reina también quedó impactada por su hermosura y por su gracia y la nombró de inmediato institutriz de su hijo menor.
No olvidemos que Isis tenía poderes mágicos. Ella alimentaba al niño dándole a chupar uno de sus dedos. Por las noches, cuando todos dormían, echaba leña al fuego, luego depositaba al niño entre las llamas, sin que sufriera daño alguno. Mientras esto ocurría, Isis se transformaba en golondrina y así transfigurada, se dedicaba a cantar desconsolados lamentos por su marido desaparecido. Las doncellas informaron a la reina acerca de lo que ocurría cada noche y Astarte, procurando conocer la verdad, se escondió tras un cortinado para espiarla.
Isis hizo como todas las noches, pero cuando arrojó al niño al fuego, la reina salió despavorida de su escondite para rescatar a su hijo de entre las llamas mientras gritaba:- ¿Que haces con mi hijo? ¿Acaso te has vuelto loca?
Isis le respondió:- Tu hijo podría haber sido inmortal. Pero, gracias a tu acción le quitaste ese privilegio.
Isis no tuvo más remedio que revelar su verdadera identidad y contar la trágica historia del rey Osiris. Luego le solicitó que le cediera la columna que contenía el cofre con el cuerpo del rey.
Melcarthus accedió favorablemente y pronto Isis pudo llorar junto al cofre de su marido.
Tiempo después, la diosa decidió llevar el cofre a Egipto por mar, acompañada por el hijo mayor de Melcarthus.
Cuando llegó, creyendo estar a solas, abrió el cofre y se puso a llorar y a lamentarse, besando y acariciando el cadáver. Pero el príncipe estaba cerca. Cuando Isis lo descubrió, lo miró de tal modo que el príncipe cayó fulminado como si lo hubiera alcanzado un rayo.
Isis, volvió a cerrar el cofre y lo escondió en uno de los pantanos del río Nilo.

Anpu, a quienes los griegos llamaron Anubis, es el misterioso dios de la muerte. Se le representa con cabeza de cánido, semejante a un perro o un chacal, con una venda roja alrededor del cuello. Su rostro es negro es representativo de su función como guía de los muertos. Su aspecto canino se deriva probablemente de los animales salvajes que frecuentaban el filo del desierto, sobre todo cerca de los cementerios.
Anubis fue adorado en Egipto desde los inicios de su civilización; su nombre se encuentra en las paredes de las mastabas más antiguas, y es mencionado en los textos de las pirámides como protector de los difuntos. Su principal centro de culto estaba en Cinópolis, en el Alto Egipto, pero era venerado en todo el reino.
En esta época Anubis era el Señor de los Muertos, el Embalsamador. Cuando, a lo largo de los siglos, se desarrollaron los mitos de Osiris, éste pasó a ocupar el trono del País de los Muertos, y Anubis se convirtió en el guía del alma de los difuntos durante el camino al más allá, hasta el lugar del juicio. En esta evolución del mito es considerado hijo de Neftis, hermana de Isis y Osiris. Según una leyenda, Neftis se disfrazó como Isis y se unió a Osiris, quien estaba ebrio, y concibieron así a Anubis. Otras tradiciones atribuyen su paternidad a Set, y otras lo hacen hijo de Ra. Cuando Set engañó y asesinó a Osiris, lo ocultó en un cofre que lanzó al Nilo. Isis lo encontró después de una larga búsqueda, y Ra envió a Anubis a ayudarla con los ritos funerarios. Anubis realizó la ceremonia de Apertura de los Ojos y la Boca, que era el ritual de enbalsamamiento.
Creó así la primera momia. Por eso se le considera protector de los lugares de embalsamamiento. Era el guardián de las necrópolis, y aguardaba al alma de los muertos en la entrada de las tumbas, acompañado en ocasiones con otro dios chacal, Apuat, el Abridor de Caminos. Con la Luna, que lleva en sus manos,
Anubis ilumina el camino del difunto hasta el otro mundo. Lo lleva así a la Sala de las Dos Verdades, donde toma el alma del difunto y pone en su lugar un amuleto con forma de escarabajo.
El alma es pesada en la balanza contra la pluma de Maat, que representa el orden y la justicia. Si el equilibrio se mantiene, el difunto puede llegar al País de Occidente, donde Osiris reina sobre los muertos. Pero si no hay equilibrio, el alma es devorada por la bestia Ammit. Anubis también se asegura que la balanza no sea trucada.

Su nombre era khunapup y vivía en la llanura de la sal junto a su mujer y sus hijos. gracias a que era un hombre muy constante y trabajador, la familia vivía bien. algunas cosas solo podían conseguirlas en heliópolis y por eso su mujer le ayudó con los preparativos del próximo viaje. prepararon la comida y bebida que necesitaría durante el viaje y cargaron los asnos con todo eso más la mercancía que iba a utilizar para cambiar en la ciudad por lino, madera y algunos alimentos que no podía conseguir en el oasis.
khunapup comenzó su viaje, debía atravesar el desierto y el camino sería muy duro. llegó a unas tierras administradas por rensi, representante del faraón, y al cuidado de dehutinekht, cuyas tierras se encontraban a un lado del estrecho camino y al otro estaba el río. dehutinekht, viendo acercarse al campesino con sus asnos cargados, mandó poner en el camino una sabana de lino como parte de un plan para robarle.
Cuando khunapup llegó hasta él, dehutinekht le advirtió que no debía pasar por encima de la sabana de su propiedad y tampoco por los lados, ya que estaban su casa y el río. mientras discutían unos de los asnos pisando la tela comenzó a comer cebada de sus tierras y de esta forma le ofreció la excusa perfecta para robar al campesino, solicitando quedarse con todos los vienes por el perjuicio causado por el asno. pasó diez días lamentándose y quejándose pero dehutinekht no le hizo el menor caso, así que khunapup, viendo que en fuerza física el contrario ganaría, decidió dirigirse a heliópolis a ver a rensi y contarle lo ocurrido para que sus asnos le fueran devueltos y el ladrón castigado.
Rensi escucho atento sus explicaciones y quedo tan sorprendido por su forma de hablar y expresarse, que decidió ponerlo en conocimiento del rey que se aburría bastante en palacio. para los dos, la solución al caso era fácil, pero el rey quiso saber más de la elocuencia del campesino y mando a rensi citarle cada mes para exponer su caso y tomar nota de todas sus palabras para así matar el aburrimiento, fue así como khunapup pasó meses acudiendo a rensi, cada vez con menos paciencia pero mas elocuencia, no se repetía en sus argumentos y cada vez estaba mas enfadado, porque aunque el rey se había encargado de que a su familia en el oasis no le faltase de nada, el lo ignoraba.
Al fin, tras su última visita en la que incluso acusaba y amenazaba al rey, este no tubo más remedió ya, que después de tanto tiempo, dar una solución justa al campesino. Todos sus vienes, los del ladrón y el propio ladrón convertido en su esclavo, le fueron entregados khuna pup, para hacer justicia y recompensar su elocuencia y paciencia.

Cambises, hijo de Ciro el grande, era un rey extremadamente cruel, conquistó Egipto en el año 525, humilló y mancilló a sus habitantes y sus creencias milenarias, desafió a los dioses matando con sus propias manos al buey sagrado Apis, por lo que fue maldecido.
Tras las conquistas en Asia de su padre, Cambises fijó su mirada en Egipo y en poco tiempo conquistó todo Egipto llegando hasta las tierras Nubias, fue entonces cuando Cambises escuchó hablar del oráculo de Siwa, se trataba de una estatua del dios Amon que era transportada en una barca dorada al que se les hacían preguntas y la estatua movía la cabeza en un sentido u en otro, los sacerdotes encargados de su vigilancia eran los encargados de interpretar los movimientos.
Cambises estaba inquieto ya que el oráculo le predijo una pronta derrota y su fin como conquistador de Egipto. Cambises no estasba dispuesto a abandonar Egipto y decidió mandar un ejército de 50.000 hombres a conquistar el oasis de Siwa y destruir al oráculo, según Heródoto ocurrió lo siguiente:
Las tropas después de haber partido de Tebas llegaron sin duda a la ciudad del oasis, pero antes de poder lanzar su ataque sobre los samios, los habitantes de Siwa, desapareció sin dejar rastro alguno, las tropas de Cambises jamás llegaron a entrar en el oasis, ni tan siquiera volvieron al punto de partida. Cuentas los mas ancianos del oasis, que cuando el ejército estaba dispuesto para el ataque, se desató sobre ellos un temible viento del sur arrastrando torbellinos de arena, sepultando a todo el ejército por completo sin dejar rastro.
La leyenda cuenta que cuando sopla el temible viento del sur en el desierto, se pueden escuchar las voces de los 50.000 soldados de Cambises.

En el año de reinado número 18 del Rey Tcheser, hubo usa sequía por todo Egipto debido a que el Nilo llevaba 7 años sin inundarse. Por ello, cualquier grano escaseaba, los campos y los jardines no producían nada y por tanto las personas no tenían alimento. Los hombres se debilitaban, los ancianos fallecían, los niños lloraban de hambre y muchas personas se transformaron en ladrones por el poco alimento que existía.
El Rey se acordó del dios I-em-hetep, (hijo de Ptath), que en otra ocasión había librado a Egipto de parecido desastre, pero dicho Dios no hizo acto de presencia frente a las rezos del manadatario de Egipto. El Rey envió un mensaje preguntandole a Mater, gobernador del Sur, donde se ubicaba la fuente del Nilo y quien era el dios o diosa del rio?. De esta manera Mater le habló de la maravillosa isla de Elefantina, donde yacía la primera ciudad que jamás se conoció, que de ella salía el Sol para para conferir vida a la humanidad.
En esta isla también existía una cueva doble, Querti, con la forma de 2 pechos, y de dicha cueva surgía la inundación del Nilo para bendecir la tierra con gran majestad cuando el dios Khnemu abría la puerta en la estación apropiada del año. Al saber quien era el dios encargado del rio, procedió a ofrecer sacrificios e hizo súplicas ante él en su templo.
El dios lo escuchó y apareció ante el Rey angustiado y dijo: “Yo soy Khnemu el Creador. Mis manos descansan sobre ti para protegerte y para sanarte. Te doy un corazón… Yo soy el que te creó, soy el primitivo abismo acuoso, y yo soy el Nilo que se levanta a su antojo para conferir salud a quienes se afanan , yo soy el guía y dirigente de todos los hombres, el Todopoderoso, el padre de los dioses, Shu el poderoso amo de la Tierra”.
Y luego el dios le prometió al Rey que súbitamente el Nilo se levantaría todos los años como antes y que la sequía se acabaría y llegaría el bien a la tierra, también le contó al Rey lo abandonando que se encontraba su templo de adoración, fue por ello que se decretó que las tierras en cada lado del Nilo cerca de la isla donde moraba Khnemu debían ser conservadas como la dote de su templo y el Rey ordenó que este decreto fuera tallado en una estela de piedra y se colacara en un lugar prominente como prueba duradera de su agradecimiento al dios Khnemu, el dios del Nilo.

La mitología egipcia es mucho más complicada que la griega y ha tardado mucho más tiempo en ser descubierta. Los griegos, como los babilónicos y los indios, escribieron sus leyendas y a través de ellas hemos conocido sus mitos. Los egipcios eran menos aficionados a escribir, y los sabios que estudian las inscripciones de los templos, única fuente de la mayoría de las leyendas de este misterioso país, se encuentran ante una gran confusión de nombres, de personajes y de hechos.
Es probable que los mismos dioses se conocieran con varios nombres distintos y esto no hace sino aumentar la confusión.
Por otra parte los antiguos egipcios eran mejores pintores y escultores que poetas, y sus leyendas no tienen la belleza temática de las leyendas indias y griegas. Casi todas las leyendas egipcias que se conocen son versiones de otras leyendas griegas más antiguas. Pero en esta escasa mitología legendaria egipcia hay una bonita historia de amor: la de Isis y Osiris. Ella es la diosa de la belleza y él es el dios de la vida. La unión de la belleza y de la vida sólo puede hacerse, en las alturas del mito, a través de un cuento de amor.
Osiris, el protagonista, es la fuerza creadora que da calor a la tierra para que sea fecunda. En este sentido Osiris e Isis son el sol y la tierra. Osiris, en su forma mortal, ha muerto y parece que está enterrado en Abydos, cuna de su leyenda. Isis es la tierra, a quien Osiris hace germinar con su calor, y del amor de ambos nacen todos los seres vivos. En realidad Osiris es el eterno masculino e Isis el eterno femenino, el hombre y la mujer elevados a su pura esencia de tales. Y es natural que no puedan hacer otra cosa que amarse.
En la leyenda egipcia, además de amantes, son hermanos. Parece que esta idea se acomoda muy bien a los principios religiosos de los adoradores del sol, pues ésta es la única forma de que todo tenga un origen común. Isis nos da la medida de la escasa fuerza poética creadora de los egipcios, pues en ella se reúnen todas las atribuciones de las distintas diosas de la mitología griega. Su nacimiento tiene poca historia y sus aventuras son muy escasas.
Isis y Osiris se aman, son esposos felices y así hacen que el amor empiece a reinar entre los hombres, quienes, menos capaces que ellos, se muestran un tanto reacios a un sentimiento tan elevado. Los hombres se quieren poco, cultivan mal la tierra y no saben gozar. Osiris se esfuerza en hacerlos más sentimentales y más entendidos en todo y no se cansa de darles lecciones de agricultura, de poesía y de amor. ¿Qué más se necesita para ser feliz?
Pero Osiris tiene un hermano, malo y envidioso, que se llama Set. Y además de malo es astuto, y está tramando la perdición de Osiris, aunque le trata siempre con fingida amabilidad para que él no sospeche nada. Isis, más desconfiada que su esposo, no pierde de vista al cuñado. Pero Osiris, cuando ella le comunica sus temores, nunca la toma en serio.
Durante una larga ausencia de Osiris, Set se hace construir un cofre en forma de sarcófago, muy ricamente revestido, ofrece un banquete a sus amigos, les enseña el cofre y les dice:
—Lo he construido para vosotros, para uno de vosotros, aquel cuyo cuerpo ocupe todo el espacio libre que hay en el interior del cofre, ni más ni menos.
El cofre tiene incrustadas piedras de mucho valor y todos quieren probar. No se sabe exactamente quiénes son esos invitados.
En la mitología egipcia hay pocos dioses y los héroes brillan por su ausencia. Es posible que sean hombres de la nobleza y hasta que entre ellos estuviera el rey. También en esto Egipto es un país sin excesos. Mientras en la leyenda griega hay un rey en cada montaña, en cada isla y en cada ciudad, en la escasa leyenda egipcia suele haber un solo rey para todo el país.
Cuando ya han probado todos, aparece Osiris, que acaba de regresar. Se entera del juego y prueba también. Y ve, con asombro, que su cuerpo ocupa exactamente todo el espacio del interior del cofre. Set ya sabía que esto iba a ocurrir, pues había tomado las medidas de su hermano y había construido el cofre según ellas.
Pero la alegría de Osiris dura muy poco. Set tiene a sus guerreros preparados. Se precipitan sobre el cofre, lo cierran con Osiris dentro y lo arrojan al Nilo. Isis no asiste al banquete y no se entera de la muerte de su esposo. Le sigue esperando todos los días. Pero pasa el tiempo y el esposo no regresa al hogar. Uno de los que asistieron al banquete le cuenta al fin la verdad y ella empieza una peregrinación por la orilla del mar en busca del cofre que encierra el cuerpo de su esposo. Al fin, después de mucho tiempo, lo encuentra en la costa fenicia. Lo abre y sólo puede convencerse de que Osiris ha muerto. Lo lleva consigo otra vez a Egipto y lo entierra en la arena, en el delta, allí donde el río se confunde con el mar.
Los espías de Set la descubren mientras está abriendo la fosa. En seguida van en busca de su señor. Isis, después de echar sobre la tumba de Osiris la última paletada de tierra, implora a Ra, el dios de los dioses, en favor de su esposo muerto. Pero antes de que sus voces lleguen al cielo, Set ha desenterrado el cuerpo de Osiris y, para evitar que Ra pueda devolverle la vida, lo corta a pedacitos y esparce los trozos por toda la tierra de Egipto.
Cuando Ra se entera de lo ocurrido, dice:—Quiero ver el cuerpo de Osiris para saber si es cierto que ha muerto. Cuando lo vea, le devolveré la vida. Isis corre en busca del cuerpo y entonces se entera del segundo crimen de Set. Pero ella ama a Osiris y no desespera. Emprende una segunda larga peregrinación por todo el país y consigue reunir uno a uno todos los pedazos del cuerpo muerto, y reconstruirlo todo. Cuando Ra se entera de lo que ella ha hecho por amor de Osiris, en seguida se lo devuelve vivo y le dice:—Que vuestro amor sea la bendición de la tierra de Egipto.
Parece que en la leyenda, Osiris, en cumplimiento del destino de los dioses, que no pueden volver a la luz cuando han muerto una vez, funda su reino bajo tierra, en el país hasta entonces reservado a los muertos. Y que encarga su venganza a Horo, el más pequeño de sus hijos. Isis cuida de él en una playa lejana, hasta que el niño se hace lo bastante fuerte para luchar. Y entonces provoca a Set, luchan durante muchas horas, y al fin Horo vence. Pero Set acude a Ra y a los otros dioses, dice que él es el llamado a suceder a su hermano muerto y les pide que lo proclamen así. Los dioses egipcios son lentos y parece que discuten durante ochenta días sin llegar a un acuerdo definitivo.
Entretanto, Isis toma la figura de una pobre mujer y un día se presenta a Set, delante de los otros dioses, y le dice:—Mi esposo murió y mi hijo heredó los rebaños de su padre. Pero ahora ha llegado un extranjero y nos los quiere quitar. ¿Puedes ayudarme?—Cuenta con mi ayuda, mujer —dice Set, que no la ha conocido—. Nadie puede arrebatarte los rebaños, pues mientras viva tu hijo sólo a él pertenecen. Entonces Isis se quita el disfraz y pregunta a los dioses:—Si un rebaño de un padre sólo pertenece a su hijo, ¿por qué el reino de mi esposo Osiris no ha de pertenecer a mi hijo Horo? Y los dioses le dan, entonces, la razón. Osiris queda como soberano del reino de los muertos y Horo como soberano de la tierra de los vivos, que es la misma Isis, salvada de un dios maligno, por el amor que la une a otro dios bondadoso.
Set, en la leyenda egipcia, es el principio del mal. Es todo lo contrario de Osiris. Se le representó feo, desagradable, repulsivo, con la piel muy blanca y el cabello rojizo, precisamente porque el tipo puro egipcio era de piel oscura y cabellos negros.
Cuando la leyenda de Osiris llegó al pueblo, nació un sentimiento de animosidad contra Set, que fue detestado y odiado. Parece que en una cierta época, acaso en una época de hambre, todas las estatuas de este dios fueron destrozadas y se arrancó su figura de los bajorrelieves antiguos. Los poetas inventan dioses buenos y dioses malos; y el pueblo, que apenas conoce a los poetas, si los dioses son buenos se siente protegido por ellos y les adora, y, si son malos, los teme y los detesta.
El mito de Isis y Osiris, como todos los mitos egipcios, carece de la soberbia limpieza y claridad de los viejos mitos griegos, que parecen todos amasados con sol y con sangre y escritos en el mismo lenguaje vigoroso, fecundo y a veces bárbaro que usan los hombres para entenderse entre sí.

Hotep no siempre había sido un mendigo. Hijo de un fellah de los alrededores de Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de las levas con las que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutria las filas de los ejércitos que guerreaban en Asia. El joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el primer encuentro con los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso fuera de combate; cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la pierna derecha privada de movimiento.
Hotep no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una caterva de guerreros, más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas apoyándose en un grueso garrote. Con las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia al mar Rojo, podría escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con saber que, de guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayunando, dos meses después de desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado para la separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo Egipto.
Hotep quedó solo con otro compañero que, nacido en una aldea inmediata a la suya, seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya viejo, encanecido en la milicia debido a sus largos años de servicio y privado de la vista, a consecuencia de una profunda herida en la cabeza. El cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se brindo a servir de lazarillo al ciego; y así, una noche en que los dos inválidos descansaban al abrigo de un espeso cañaveral,
Hotep, que dormía plácidamente, oyó de pronto un lastimero quejido que exhaló su compañero e incorporándose le dijo: -¡Hola veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te estás atormentando con alguna horrible pesadilla.

-Hotep, me muero –murmuró el ciego-. Siendo que la vida se me acaba.
-¡Estás delirando! ¿Quién piensa ahora en morir?
-Me muerto, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!

Hotep, alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su cojera hasta un canal inmediato y volvió con la calabaza llena del líquido pedido, diciendo:

-Bebe. Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el fuerte sol que hoy nos ha hecho hervir la sangre.

-Gracias, camarada –respondió el ciego-. No temo a la muerte; hace años que la he considerado siempre cercana. Después de todo, para no ver más la luz, tanto me importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna; un casco de bronce, unos cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es lo que más valor tiene, pues son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en oro. No sé de donde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la cintura de un soldado muerto, sólo Dios sabe a quién se las robaría. Cógelo todo si muero. Es la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los faraones. ¡Bonita herencia!

Hotep se devanaban los sesos, pensando qué haría o diría en aquella situación, que le parecía bastante grave y apurada. Por fin su compañero bebió de nuevo y dijo:

-Puede que tengas razón y me haya equivocado; pasó la angustia y tengo sueño. Durmamos y, si me muero, ya sabes; todo para ti.

Y volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras confusas. Hotep siguió su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda competencia a las parleras ranas. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego yacía a algunos pasos de allí, tendido boca abajo.
Hotep llegó finalmente a su pueblo y continuó llevando la vida que había tenido antes de ir a servir al faraón.
Un día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus espléndidos rayos, Hotep, vistiendo su viejísimo calasiris de algodón listado, que dejaba ver por sus múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo, salió de su casa y empezó a andar con alegría.
Apareció junto a una de las colosales esfinges que constituían la entrada del templo. Se detuvo un momento y, sacando de un envoltorio el casco de bronce y las sandalias que heredara del viejo guerrero, se atavió con ambas prendas, quedando en breve espacio de tiempo convertido en la más grotesca figura que imaginarse pueda nadie.
No parecía, sin embargo, el inválido descontento de su aparato indumentario, pues con aire satisfecho se atusó la encrespada y revuelta cabellera, y canturreando una canción popular se dirigió, apoyado en un grotesco bastón que le servía de muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas piernas de la colosal estatua, que parecía guardar la entrada al gran patio.
Hotep dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la puerta y pocos instantes después apareció en el dintel una mujer, cubierta por ajustada túnica blanca, sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.

-¿Qué se te ofrece tan temprano y tan compuesto? –preguntó con burlona sonrisa al reparar en el casco y las lujosas sandalias del mendigo-. Hoy no es día de repartir los restos de las ofrendas…

-No vengo a pedir limosna –contestó Hotep. Y luciendo una gran sonrisa, añadió-: Vengo a hablar con un padre para decirle que es mi deseo pedirle tu mano, pues quiero casarme contigo.

Los ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de tiempo las más sonoras y alegres carcajadas que jamás habían turbado la majestuosa calma de aquel silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la manera como era acogida su pretensión, dijo mirando con petulancia sus sandalias:

-Hermosa Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace suponer que mi figura no te disgusta y el resultado…-El resultado –interrumpió la joven- será que mi padre te dará algunos palos y te romperá la pierna que aún tienes sana.
-¡A mí, a un guerrero del faraón!

-¡Imbécil! Tú ya no eres guerrero, sino pordiosero; y si no fuera por lo que en esta casa te hemos protegido, perjudicando a otros pobres más antiguos, hace tiempo que estarías descansando en el cementerio en agradable compañía con otros ilustres personajes de tu calaña.

-¿Olvidas acaso que soy propietario de una gran casa junto al canal del Castillo Blanco?-Sí, ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin techo. No es tan mala, y además tengo… estas sandalias –dijo él mientras se miraba los pies.

-Mira Hotep –dijo Amneris adoptando un aire protector, sin duda algunas los fuertes calores y todo el hambre que has sufrido en Asia han perturbado tu razón. En primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente muy bien acomodado, y en segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda del templo, corresponda al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha quedado completamente inútil para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con la pierna arrastrando y ese casco tan abollado…? ¡Ja…, ja…, ja…!Y de nuevo la risa más retozona animó el semblante de la muchacha.

El pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más lisonjeras esperanzas, por única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris y, con gesto de cómica desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una palabra se alejó de la puerta acompañado por las carcajadas de Amneris. ¡Pobre chico! –dijo ésta-. No es malo, pero… ¡es tan miserable! Hotep, aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada, tenía, como todos los fellahs una gran dosis de mansedumbre y resignación; así que, después de desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra Amneris, se encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que conducía al templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después roncaba como un bienaventurado.

La historia de Osiris es uno de los más antiguos mitos egipcios, cuyos orígenes se pierden en el tiempo. Era uno de los dioses más importantes de la mitología egipcia, pues Osiris fue el Rey de Egipto que en su resurrección representó el “Rey de la Muerte”. A él, todos los egipcios esperaban reunirse después de su muerte.
Cuenta le leyenda que Nut (Diosa del Cielo), hija del Dios Ra, el Dios Sol, se enamoró perdidamente del dios Geb (Dios de la Tierra). Cuando Ra se enteró de esta relación, en medio de su furia, prohibió a Nut que en el término de un año de 360 días, tuviera hijos. Nut llamó a su amigo Thoth, para solicitarle ayuda.
El deseo de Ra debía cumplirse, pero Thoth tuvo una idea: se casó con la diosa de la Luna, Selene. La luz de Selene fue rival de la luz de Ra. Thoth se sintió triunfante y fue recompensado con la séptima luz de Selene. Esa es la razón por la cual la luna desaparece todos los meses. Thoth tomó su luz y agregó cinco días más al año calendario, haciendo que el año tuviera 365 días. Así, Nut tuvo cinco días para concebir, sin desobedecer la orden de Ra.
Nut tuvo así dos hijos y dos hijas: parió a Osiris (Rey de los muertos y de las fuentes de vida renovadas); a Seth, a Isis (Diosa de la Fertilidad y la Maternidad), y a Neftis.
Cuando Osiris nació, una voz exclamó: “El Rey de todos ha nacido”.
Osiris creció y se convirtió en un gran rey, colaboró con su pueblo, los adiestró en los trabajos agrícolas y en la crianza de los animales, los guió para realizar los códigos de las Leyes, y les enseñó a orar a sus dioses.
Osiris realizó un gran reinado, convirtió a Egipto en una gran Nación. Y el pueblo comenzó a adorar la tierra en donde él pisaba. Su esposa y hermana Isis siguió los pasos de su esposo en el reinado. Osiris tenía un gran enemigo, su hermano Seth, envidioso y amargado, quien complotaba contra el rey Osiris.
Un día, Seth logró aliarse con Aso, la reina de Etiopía, y 72 conspiradores. Consiguió las medidas exactas de Osiris y construyó una caja muy bien ornamentada. Realizó un gran banquete al que invitó a Osiris y a los conspiradores. Realizó un convite para ver quién cabía perfectamente en dicha caja. Cuando llegó el turno a Osiris, al entrar cómodamente, le cerraron la caja, con clavos y la arrojaron al río Nilo. (Otras leyendas dicen que lo cortó en pequeños pedazos).
Desde ese día, no se lo volvió a ver al rey Osiris entre los vivos.
Isis hizo embalsamar el cuerpo de su esposo con la ayuda del dios Anubis, quien se convirtió así en el dios del embalsamamiento. Los ruegos y hechizos de Isis resucitaron a Osiris, quien llegó a ser rey de la tierra de los muertos.
Horus, hijo de Osiris (transitoriamente resucitado) e Isis, derrotó posteriormente al traidor Set en una gran batalla erigiéndose en el rey de la tierra.
Cuenta la leyenda que en un principio no había luz. Solo existía la oscuridad y una gran extensión de agua con el nombre de Num. El poder de Nun era tan grande que desde el interior de la penumbra hizo brotar un huevo grande y brillante. Y del interior de ese huevo surgió Ra.
Ra tenía el poder de hacer lo que quisiera, incluso cambiar de forma. Lo que el nombraba, adquiría forma y se volvía real. Era tan importante el poder del nombre, que guardaba bien secreto su propio nombre para que nadie pudiera usarlo. Ra se dispuso a crear el sol diciendo: “Al amanecer me llamo Kephera, al mediodía Ra y al atardecer Tem”. Y entonces, el sol apareció posprimera vez iluminando la oscuridad, se elevó sobre el horizonte y al atardecer descendió para volver a ocultarse. Luego nombró a Shu, y los vientos se congregaron por primera vez y comenzaron a soplar. Cuando Ra nombró a Tefnut, la lluvia se hizo presente con sus gotas. Más tarde nombró a Geb y con solo nombrarla, se formó la tierra y para hacerle compañía nombró a la diosa Nut, y el firmamento se arqueó sobre la tierra.
Cuando quiso coronar a Egipto con el río Nilo, nombró a Hapi. Y el Nilo comenzó a fluir a través de Egipto fertilizando su amplio valle. Ra, comenzó a nombrar una por una todas las cosas que existen sobre la tierra y estas se hicieron visibles crecieron. Finalmente les dio nombre a los hombres y a las mujeres, y desde entonces la humanidad pobló la tierra. Ra podía asumir la forma que quisiera. Entonces, tomó la forma de un hombre y se convirtió en el primer faraón de Egipto.
Ra gobernó Egipto durante miles de años llevando bienestar y prosperidad a sus habitantes gracias a las fabulosas cosechas y a sus magníficas leyes. Los egipcios solo tenían palabras de agradecimiento y no dejaban de ensalzar su nombre. Pero Ra, había tomado forma humana y por lo tanto envejecía día a día. Un buen día, los egipcios, dejaron de respetarlo, comenzaron a burlarse de su aspecto senil y a desobedecer sus órdenes. Ra no pudo evitar oír las burlas y comentarios y cuando vio que los hombres no obedecían las leyes, se enojó de tal manera que decidió convocar a los dioses que había creado en un lugar secreto para pedir consejo. Allí estaban Shu ,Tefnut, Geb, Nut y Nun escuchando el problema que aquejaba al dios Ra. Nun habló diciendo: Lo que debes hacer es destruirlos con la forma de tu hija, la diosa Sekhmet.
Los otros dioses, al ver el mal comportamiento de los hombres, le aconsejaron también destruir a los hombres por intermedio de la diosa Sekhmet.
Ra, con su ojo, que despedía una mirada aterradora, creó a la diosa Sekhmet. Feroz y sanguinaria cual leona que persigue su presa y se deleita en la matanza y en la sangre. Siguiendo las órdenes de Ra, desencadenó su furia sobre todos los que ridiculizaron a su padre, sembrando el terror y la desesperación en todo Egipto. Los hombres huían a esconderse, pero la diosa Sekhmet, los perseguía y los asesinaba relamiéndose con la sangre. Cuando Ra vió lo que Sekhmet había hecho la llamó a su presencia para preguntarle si lo había obedecido. Sekhmet le respondió que estaba feliz porque había vengado a su padre Ra, eliminando a todos los hombres que éste le había entregado. Todo Egipto estaba teñido del color de la sangre y era imposible detener la furia de la cruel y sanguinaria Sekhmet.
Pero Ra se apiadó de los hombres y decidió hacer algo para frenar la matanza. Envió entonces a mensajeros rápidos y silenciosos en busca de grandes cantidades de ámbar. Luego ordenó preparar mucos litros de cerveza hasta llenar siete mil jarras.
Más tarde, mandó mezclar el ámbar con la cerveza. A la luz de la luna, la cerveza adquiría el color rojo de la sangre. Hizo llenar nuevamente las jarras y envió a sus mensajeros a volcarlas en el lugar donde se encontraba Sekhmet. Al salir el sol, Sekhmet estaba preparada para su próxima cacería, cuando vio la tierra inundada de color rojo y creyó que sería sangre real porque no había cerca ningún hombre. Se acercó y bebió alborozada mientras reía y disfrutaba pensando que era sangre. Bebió tanto, que ese día, que presa de la ebriedad, no pudo matar a ningún hombre.
Cuando Sekhmet volvió ante la presencia de Ra, el dios la recibió con alegría pues no había matado a ninguna persona y decidió cambiar su nombre por el de Hathor . A partir de ese momento se convirtió en la diosa Hathor fue la diosa de la dulzura, el amor y la pasión.
La humanidad fue redimida y Ra continuó reinando en su ancianidad, aunque sabía que había llegado el momento de delegar el gobierno de Egipto en los dioses jóvenes. No olvidemos que el poder de Ra estaba en su nombre secreto. Si alguien lo descubría, Ra dejaría de reinar. Ra sabía esto y lo mantenía oculto en su corazón. Solo utilizando grandes poderes mágicos se podría conocer.
La diosa Geb se unió con Nut y tuvieron varios hijos: Isis, Osiris, Neftis y Seth. Isis era la más sabia de todos ellos. Isis conocía todos los secretos del cielo y de la tierra, pero lo que no conocía era el nombre secreto de Ra y se propuso descubrirlo.
Ra, era muy viejito. Caminaba con dificultad. Su cuerpo entero temblaba. Sus palabras se escuchaban entrecortadas y como la mayoría de los ancianos, babeaba.
Isis comenzó a seguirlo a escondias y cuando una gota de la baba de Ra cayó sobre la tierra formando barro, ella lo recogió y modeló una serpiente. Colocó la serpiente cerca del camino y cuando Ra paseaba, la serpiente lo mordió y luego huyó a ocultarse.
El veneno corrió rápidamente por el cuerpo de Ra, provocándole un dolor hasta ahora desconocido. Ra gritó con todas sus fueras y los dioses corrieron a su encuentro.
Ra estaba desconcertado. Sentía que un fuego lo quemaba por dentro y no encontraba explicación a lo sucedido.
Los dioses convocados, lloraban y se lamentaban por lo sucedido. Entre estos dioses, se encontraba la astuta Isis que se acercó preguntando:- ¿Qué sucede padre todopoderoso? ¿Acaso te ha mordido una de las serpientes que has creado? Ra respondió:-Me ha mordido una serpiente que yo no he creado. No puedo dejar de temblar. Siento que un fuego abrasador me quema por dentro y me devora.
Isis se acercó con dulzura y le dijo al oído:- Si me dices tu nombre secreto, podré hacer uso de mis poderes mágicos y podré sanarte.
Ra respondió: -Yo soy el que hizo el cielo y la tierra. El que creó las aguas, los vientos, la luz, la oscuridad. Soy el creador del gran río Nilo. Yo soy Khepera por la mañana, Ra al mediodía y Tum al atardecer.
Isis respondió: – Tú sabes bien, padre todopoderoso, que esos nombres son conocidos por todos. Lo que yo necesito para curarte es tu nombre secreto.
Ra la tomó de la mano y le susurró al oído: Antes que mi nombre pase de mi corazón al tuyo, júrame que no se lo dirás a nadie salvo al hijo que tendrás que se llamará Horus. Y Horus deberá jurar que el nombre permanecerá en él por siempre. No se lo debe comunicar ni a otros dioses ni a otros hombres. Isis realizó su juramento y el conocimiento del nombre secreto pasó del corazón de Ra al corazón de Isis. Entonces, Isis haciendo uso de todos su poderes mágicos dijo: Por el nombre que conozco, ordeno que el veneno abandone el cuerpo de Ra para siempre.
El veneno desapareció y Ra se sintió bien, pero dejó de reinar sobre Egipto. Encontró un lugar en el cielo donde pasear siguiendo la trayectoria del sol.
Por las noches se trasladaba al mundo subterráneo de Amenti, donde habitan los difuntos. En su Barca llevaba las almas de los muertos que conocían a la perfección las plegarias y las palabras que se debían decir para llegar al otro mundo.

Al morir Amenemhet, su primogénito, Sesostris se encontraba combatiendo al mando del ejército y rápidamente fue avisado para que pudiera llegar cuanto antes a palacio, ya que sus hermanos querían también suceder a su padre. Sinuhé era un noble y estaba en el ejército. Había sido hombre de confianza, administrador de los dominios en los países asiáticos y verdadero amigo del rey, y al enterarse de la muerte de este mientras alguien avisaba a unos de los príncipes, decidió abandonar Egipto para salvar la vida, consciente de las disputas que llevaría consigo la sucesión.
Buscó el mejor momento para abandonar el ejército y huir. Cuando pasó la frontera, el calor, el cansancio y la falta de agua, le hicieron caer en la arena desmayado. Al despertar, el jeque de los beduinos le reconoció, le ayudó y le ofreció unirse a ellos. Después de más de un año entre ellos, sinuhe, se había convertido en uno más de ellos y se había ganado el cariño y respeto de todos. Hasta el príncipe Amunenshi que había oído hablar mucho de él, le citó, y tras quedar justificada su huida de Egipto, fue invitado a quedarse en su corte.
Allí Sinhue prosperó, se casó con la hija mayor del príncipe, recibió buenas tierras, y fue puesto al mando de la mejor tribu al igual que sus hijos al tener edad suficiente. Tan solo tuvo en todos aquellos años un enfrentamiento con un beduino celoso de su posición, al que venció sin dificultades con su astucia ya que el otro le superaba en fuerza. Al envejecer sentía la necesidad de volver a Egipto y rogaba a los dioses para poder volver a morir a su tierra y recibir sus honras fúnebres. Los dioses le oyeron sus suplicas.
En Egipto, tras muchos enfrentamientos, Sesostris I, que había conseguido llegar al trono, disfrutaba ya de estabilidad en su reinado. Los que se vieron perjudicados en los tiempos de la sucesión, podían ir a solicitar al rey la reposición de sus perdidas. Un día, llegó a oídos del rey Sesostris la situación de sinuhé y junto con regalos le envió una carta escrita por él y sus hijos, invitándole a volver a su tierra en la que nunca había hecho daño a nadie.
Sinuhé repartió sus vienes entre sus hijos y regreso su tierra, donde le recibieron los hijos del rey para acompañarle hasta él. se le instaló en una de las casas de los príncipes y Sesostris i quiso que fuera su consejero. también le fue construida una tumba entre las de los príncipes, con todo lujo de detalles, orden dados por el rey. al morir fue enterrado en su tierra con honores supremos.

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